El último día de diciembre de 1909, Buenos Aires se enjubilaba en tradicionales festejos. La alegría circulante hacía de la ciudad un cascabel inmenso y optimista. Era una de esas fechas en que el hombre se reconcilia con todo para dar paso a un sentimiento de unánime ternura. La "gran aldea2, de espaldas a su río, era una vibración amistosa y fraternal, que crecía en signos bullangueros. Pero ese río, como un andarivel de ilusiones, acababa de poblar el puerto con un barco. De él bajó Valentín Bianchi, con sus veintidós años escasos y su soledad de inmigrante. Traía, es cierto, la solvencia de sus conocimientos; pero su juventud marcaba a fuego la prueba de sus jornadas prematuras. Había llegado la hora de la lucha y se afirmaba su voluntad esperanzada. Aquellos comienzos fueron de difícil olvido y aquel Año Nuevo que señaló su arribo, inició, en verdad, la "vida nueva" que nombra la sentencia popular. Centro de toda esta distante evocación, las fiestas del centenario de nuestra independencia constituyen un fresco y aureolado recuerdo para don Valentín. Es que desde entonces nacía el idilio entrañable con su patria de adopción, mientras, a lo lejos, quedaba Génova con un vaivén maternal de despedida. Nuestro medio le ofreció las primeras armas. Disímiles ocupaciones fueron alternándose: ferroviario, primeramente; improvisado copropietario de licorería, después, cuya falta de éxito, sin embargo, lo indujera a rumbear más adelante hacia la naciente San Rafael. -Sostengo que si en la vida de quien luchó -dice don Valentín Bianchi-, de quien quiso ser útil con su cotidiano bregar, la fecha del comienzo se relaciona, en rápida visión, con la que se considere terminal, el tiempo transcurrido da la impresión del instante fugaz; pero, si se analiza la actividad de casi medio siglo y las alternativas de ese lapso, el instante se transforma en una "eternidad" y el luchador queda abrumado bajo el peso de la triste revelación del sacrificio de una larga existencia ida para siempre.
A las originales dedicaciones sumáronse, sucesivamente, su actividad de bancario, tenedor de libros, proyectista, acopiador de granos, empresario ladrillero, habilitado en oficina de remates y comisiones, exportador de frutas, propietario de aserradero y comerciante de maderas, representante de automotores, componente de una empresa de ómnibus -"La Industrial"-, la primera que circuló en San Rafael, conduciendo pasajeros, incluso hasta General Alvear.
Y tras larga enumeración de tan variadas labores, llega, con el año 1927, la concreción de prolijos afanes y el objetivo testimonio de su fervor por la tierra, que lo empieza a destacar como viñatero y bodeguero.
-La zona -refiere Bianchi-, como sirena encantadora, invitaba a cuantos seres de buena voluntad quisiesen brindar su energía creadora, para que pudiese emerger del árido desierto a la luz del porvenir, exuberante de vida.
San Rafael. Su consagración a las tareas que le han dado renombre, fue algo así como un sueño largamente anhelado, que realizó por inspiración y cooperación de otro soñador, el señor Hugo Pilati, su cuñado. Pero casi de inmediato los hermosos proyectos convertidos en auspiciosa realidad, se tornaron inciertos por las dificultades económicas de la época y la indiferencia de los consumidores. Sólo un milagro podía salvar al que quedara único en la brecha para defender la pequeña y agonizante industria, y el milagro se produjo gracias al certamen de vinos efectuado en 1934 (Ley Provincial N° 1068) y el cual, dada la alta calificación de los productos que honraban la modesta bodega, significó una revelación de insospechada resonancia pública y un paliativo moral que debía aliviar el espíritu de lucha por la salvación económica, abriendo horizontes hacia el éxito definitivo que traspuso las fronteras de la patria. El prestigioso veredicto llegó a confirmarse, luego, hasta en Noruega y en Finlandia, por la aceptación de los productos, y últimamente, técnicos europeos de trascendencia mundial, han emitido su conceptuosa opinión. También anotemos que, entre la cuantiosa documentación conservada en los archivos de la bodega, existen cartas procedentes de muchos países, destacándose las del profesor Giovanni Dalmasso, Rector de la Universidad de Turín y vicepresidente del "Office International du Vin"; del profesor Alberto Pirovano, Director del "Istitúto di Frutticoltura e di Elettrogenetica" de Roma; del profesor ltalo Cosmo, Director de la "Stazione Stperimentale di Viticoltura e di Enología di Conegliaro".
Luego de tanto tiempo de trabajo, "Bodegas Bianchi" continúa siendo uno de los pilares fundamentales del Departamento, no escatimando energías en pos de un noble ideal. |
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